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Camino pre-mortem

  Mi admirado Pablo Texón cuando llegó a la cuarentena publicó una antología poética bajo el título de Media vida . Carlos Marzal, en su último poemario, Euforia , trata de cuantificar los libros que le quedan por leer, las cenas que tiene pendientes con sus amistades o las veces que volverá a mirarse en el espejo. Rafael Chirbes, en sus últimos Diarios publicados, reflexiona sobre la gran cantidad de museos que le quedan por visitar y la infinita lista ciudades en las que debería haberse perdido y que aún están pendientes; desde su Valencia natal, en sus últimos años (murió en 2015), consideraba que el mundo se había vuelto demasiado grande para abarcarlo en una sola vida. La alargada sombra del ciprés de la muerte siempre presente. Fuera del mundo de las letras, con una literatura más mundana y popular (que no populista); siempre escuché hablar de la muerte con una referencia localista. En cuatro días voy pal Recuncu, pa la Laguna , pa… siendo, en estos casos El Recuncu o La L...

Evolucionismo encilopédico

  En mis queridos 80 los comerciales a puerta fría se repartían entre los de Larousse, Durvan y Espasa en el sector librero; los de Avon, para belleza y cuidado y AMC y Tupperware para la labor doméstica. Muy de vez en cuando alguna congregación religiosa, más común en las ciudades, tomaba la alternativa al picar y ver qué sucede. La cuestión es que los padres de los 80 consideraban que una buena enciclopedia era un esfuerzo meritorio y casi avalista de una educación de éxito para sus hijos/as. Y si no lo tenían claro, el comercial de chaqueta de cuadros y estrecha corbata se encargaba de que lo tuvieran Los trabajos que ordenaba el Sr. Maestro o la Srta. Maestra tenían respuesta segura y fiable en las páginas de aquella enciclopedia que ocupaba un lugar privilegiado en el mueble bar del salón: allí, entre los portafotos de la comunión, las figuritas de regalo de cortesía en las bodas y la copa ganada por un aficionado abuelo que era líder en tute o mus. Los apéndices “actualiz...

Sorda como Bethoven

  Siempre tuve cierta admiración por las personas sordas. De pequeño, cuando los veía hablar el lenguaje de signos por la calle, me paraba, miraba y me daba qué pensar. Cuántas cosas dejaban de escuchar, de sentir y de identificar por culpa de una sordera. En esa sensibilidad hacia el mundo del silencio, tuvo mucho que ver mi bisabuela, Antonina, sorda como una tapia. Alguien dijo que su sordera era producto de los miedos y los sufrimientos de la guerra, de aquella hija que se escurrió por el balcón y de un marido al que sacaron de casa mientras cenaba para subirle a un camión y fusilarlo al amanecer. Así que motivos tenía para que su oído se cansara de escuchar. Sin embargo, mi bisabuela, de riguroso luto lucía una cara blanca cubierta de polvos y sonreía de forma continua. Conmigo jugaba sentada en el suelo, un gesto que yo agradecía. Entre sus locuciones más famosas estaban ¡Ay qué caramba!, ¡Sin dinero no baila el perro! y un “ soy sorda como Bethoven ”. Con los años crecí ...

La sonrisa de mi charcutera

  Los que peinamos experiencia en forma de canas o atusamos una barba de zorro plateado somos testigos de una generación que ha visto cambios muy significativos en nuestras vidas. Venimos de una etapa infantil con encerados de tizas cuadradas polvorientas, de dos canales de televisión con puntual programación para los más pequeños, de viajar en coche sin sillita ni cinturón en la parte trasera y de marcar números de teléfono con seis cifras. Ese es nuestro origen. Un origen donde todos sabíamos lo que era la “mili” o los Yoplait y su juego de cubiertos aunque nos costaba diferenciar si algo era nuevo o lavado con Perlán. Esos niños somo los que ahora nos obsesionamos con que la silla del coche tenga sistema “isofix” y comemos los yogures de Coronado porque creemos que nos sientan bien al tránsito (de la M-40) Lo que sí teníamos claro es que si te gustaba la niña del cuarto derecha o la hija de la carnicera, te impregnabas en una colonia llamada “Chispas” que tiene un término ad...

Regordetos

  Neños regordetos los hubo toda la vida. Y los habrá. Y formarán parte de la vida de las aulas, de los parques y de las obras de teatro o de las novelas infantiles. Yo fui uno de ellos. Los que vivimos la educación de los años 70 u 80 sabríamos reconocer a cada uno de estos niños y niñas que lucían bocadillos de bonito con mayonesa al recreo, sabían más de gastronomía que un chef con estrella Michelín y gastaban ropa en la sección de adulto. La crueldad se respiraba en torno a estos niños y niñas. Yo recuerdo a ese malvado profesor de Educación Física, gimnasia por entonces, que te obligaba a dar otra vuelta más a la cancha por llegar el último en las carreras continuas. Y ese profesor/a se sentía satisfecho al decir: ¡mueve el culo! Y cuando había que elegir a compañeros/as para hacer equipos, el regordetu/la regordeta siempre era el último en ser escogido. Insisto, puedo dar fe. Pero siempre había una güela que daba solución a cierta incertidumbre : vale más tener que desear...

Al mocho, mocho.

  Al siglo XVI, enmarcado dentro del ensalzado e iluminado Siglo de Oro, le surge en España una novela que nos marcará para siempre: El Lazarillo de Tormes . Recuerden aquel niño que servía de guía a un viejo invidente que le tendía trampas. Nacía la picaresca española sobre el papel y que se mantiene viva, a lo largo del tiempo, en diferentes formatos. Un inolvidable Tony Leblanc junto al no menos grande, Antonio Ozores, lo llevaron al clásico cine español a finales de los 50 a través del timo de la estampita. En aquella película se daba fe de que vivimos en un país donde las estampitas representadas en billetes, décimos de lotería aparentemente premiados, o petroquímicas en El Musel (el petromocho más astur), eran motivo de una picaresca no carente de alevosía. Con los mismos fines, pero con diferentes procedimientos, las estafas siguieron vigentes en telediarios, prensa y corrillos. Aunque es cierto que algunas de estas estafas han evolucionado en esta era digital. Ahí ten...

Nos toca

  Hace 66 años, en 1957, EEUU, como no podía ser de otra manera, la “píldora” fue aprobada en Estados Unidos para el tratamiento de los “trastornos menstruales” y un año después como anticonceptivo. En 1961, fue aprobada en Australia, Nueva Zelanda y Reino Unido. España, como era costumbre, tuvo que esperar al 7 de octubre de 1978 para “despenalizar” su uso como método anticonceptivo. Yo, de aquella, no era ni un proyecto de vida, pero puedo imaginar lo que puedo imaginar esa revolución que supondría dar a la mujer unas riendas que, hasta ese momento, no tenía. Aunque pensándolo bien, riendas tuvo pocas. No olvidemos que hasta 1972 las mujeres menores de 25 años no podían abandonar el hogar familiar sin autorización paterna a no ser que se casaran con un marido o con Dios. Sí es verdad que, como siempre, la sociedad va delante de la legislación y hay estadísticas que creen que en 1975 el mercado negro de las píldoras llegaba a medio millón de españolas: quioscos   bajo man...